Opinión
Especial para NOVA

De la cubanidad y otros demonios

Por Alejandro Langape, corresponsal de NOVA en Cuba

Por Alejandro Langape, corresponsal de NOVA en Cuba

“(…) un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir, aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales, siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla: el peso de una isla en el amor de un pueblo.”

Es 1943 y Virgilio Piñera publica La isla en peso, genial poema que ofrece, desde el dolor, la negación y el sufrimiento, uno de los mejores frescos de esa Cuba que muchos creemos conocer sin haber hurgado jamás en sus miasmas, sin intentar descorrer las cortinas para descubrir que detrás de la fiesta innombrable lezamiana, Nicolás Guillén parece haber escrito para hoy mismo aquellos versos de 1958 aparecidos en su libro La paloma de vuelo popular: “triste como la más triste navega Cuba en su mapa”.

Cuando empecé a colaborar con Nova expliqué a los lectores mi interés por contarles el país en que nací, crecí y aún vivo, siempre desde el reconocimiento de mi subjetividad, de mi “maldita circunstancia del agua por todas partes”, volviendo a evocar el texto piñeriano. Yo quería hablar de Cuba y los cubanos, mostrar a mis lectores en Latinoamérica y el mundo un país heterogéneo, complejo, contarles lo que nos duele o alegra, lo que tenemos y lo que añoramos.

Como periodista freelance y también a través del ensayo, he buscado durante años la mirada de otros hacia la cubanidad (que es amor, según rezaba el eslogan de la campaña presidencial de Ramón Grau San Martín en los años cuarenta del pasado siglo), esa “identidad nacional” que me hace diferente de un mexicano, un uruguayo, un argentino. No he sido el único, desde luego, ya en las primeras décadas del siglo veinte Fernando Ortiz habló del ajiaco del que emergimos fruto de lo que en aquel entonces nadie llamaba transculturación, y luego un prestigioso intelectual como Cintio Vitier buscó Lo cubano en la poesía mientras que la irreverente e iconoclasta narradora Ena Lucía Portela regaló en su trilogía de novelas El pájaro: pincel y tinta china, La sombra del caminante y Cien botellas en una pared una mirada cuestionadora al homo cubensis y su hábitat.

¿A colación de qué traigo estos temas identitarios? Pues resulta que en los últimos días un profesor universitario cubano afirmaba en el espacio televisivo Mesa Redonda que se estaba perdiendo el orgullo de ser cubano, declaraciones que han generado debate, polémica y el habitual aluvión de picotazos tuiteros y post facebookeros, no tanto para cuestionar la aseveración, sino buscando las causas de este desapego.

La oficialidad, o sea, los que creen que “la continuidad” a la que se aferra la actual dirigencia cubana es la única alternativa válida para el país, poco han tardado en manifestar sus criterios al respecto tanto en los medios audiovisuales como en el espacio digital.

Para estos apologistas de la Revolución como apuesta social, entre los que destacaríamos a figuras como el periodista Pedro Jorge Velázquez, líder del proyecto El Necio, o el abogado y presentador del programa televisivo Con filo Michel E. Torres Corona, patriotismo e identificación como cubanos deben ir indisolublemente vinculados al apoyo al proyecto de nación que se propone desde la oficialidad.

En artículo aparecido en el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, el diario Granma, Torres Corona afirma que “(…) a los que nos sentimos patriotas, a los que cumplimos con ese deber de sabernos cubanos, nos toca hacer que ese proyecto de nación seduzca a la mayoría, nos toca luchar porque esa condición plena de cubanidad, esa cubanía, no sea atributo de unos pocos.”

Pues sí, a quiénes estas palabras puedan sonar a más de lo mismo, a puro refrito, les cuento que, inevitablemente, leer las afirmaciones del joven abogado me remitió a la canción Saberse cubanos, obra de otro Corona (Kiki) que en los años de la Batalla de ideas(1999-2003) desbordó todos los espacios audiovisuales del país afirmando que “es la hora de gritar Revolución” y luego añadía que “no habrá mayor promesa que cumplir con el deber de saberse cada día más cubanos”.

El ser y sentirse cubano como deber, la idea de que “la cubanidad y la cubanía no son herencias: son una tarea” es la respuesta de la oficialidad ante una crisis migratoria sin precedentes, un desplome económico que parece indetenible pese a las promesas de crecimiento para este 2023 y una desesperante falta de perspectivas, de razones para potenciar sentido de pertenencia alguno.

Millares de cubanos decepcionados que vendieron todos sus bienes y hoy recorren “la ruta de los volcanes” a merced de los coyotes, millares de cubanos que hacen suya la nueva divisa: Patrocinador o muerte y buscan desesperados el parole para emigrar a Estados Unidos, millares de cubanos que desempolvan archivos en busca de antepasados hispanos que les permitan acceder a la ciudadanía española y las visas Schengen, millares de cubanos sin recursos para dejar la isla calcinada por el salitre pero cuyas mentes ya habitan otros espacios, millares de cubanos hartos de un proyecto que invita una y otra vez a la resistencia, el optimismo, la fé en un futuro indeterminado, la eterna “promesa del amor”, carecerán del patriotismo que El Necio, Con filo y otros espacios quieren rescatar.

Pero cabe apuntar que también los que abogan por el cambio en la isla han repostado abrogándose en sus declaraciones el patrimonio exclusivo de la cubanidad. Los patriotas estarían en Miami, América Latina, Europa. Nadie competiría en patriotismo con los cubanos emigrados tras sufrir largos años de prisión en cárceles cubanas por sus ideas políticas, los que en 1994 se sumaron al Maleconazo, las Damas de Blanco, los manifestantes del 11 de Julio que siguen detenidos, Luis Manuel Otero Alcántara.

En una entrevista concedida a la Gaceta en 2004, Ena Lucía Portela reconocía vivir en un contexto “donde casi todos los narradores, tanto en la Isla como en el exilio, parecen obsesionados con la cubanidad, cada cual a su manera, y hasta polemizan acerca de quien es más cubano. Como si pudiera medirse. Como si importara tanto”. Y con esta idea me quedo: ¿Importa tanto nuestra cubanidad en este universo globalizado? Sin un Messi, un Diego, un Borges o una Evita Perón, ¿será que aferrarnos al salto a las nubes de Javier Sotomayor, el barroquismo de Carpentier o el azúcar de Celia Cruz debe ser nuestra respuesta para no dejarnos absorber por la otredad, ahora que muchos cubanos desconocen los platos típicos de la cocina insular y prefieren una remera del Real Madrid antes que una tricolor?

El que esto suscribe confiesa que su proyecto de vida no está especialmente atado a un sentimiento de pertenencia a un espacio, cultura, modo de vivir y hacer. No me importaría dejar la isla mañana mismo aunque no hubiese un retorno en lontananza, un ritornello a la maldita circunstancia que me diferencia de mis lectores paraguayos o colombianos.

Sí, he sentido orgullo por la isla esbelta y juncal de Dulce María Loynaz, por los triunfos de aquellos que respiraron antes o a la par conmigo su olor a jazmín, pomarrosa, mango y basura putrefacta, pero igual estaría dispuesto a cambiarlos por el aroma de vino riojano, queso manchego y paella valenciana de una España que siempre ha sido un pellizco en mi corazón de bisnieto de emigrantes.

José Martí, a quienes invoca el patriotismo de izquierda y derecha, en Cuba o Hialeah, afirmó tener dos patrias: Cuba y la noche. Alejandro Langape cambiaría la noche por la palabra, confesando que hago de la escritura “mi casa, mi bandera, mi segunda piel, el lugar donde quiero volver”. A fin de cuentas, y usted tiene todo el derecho a disentir, soy de los que creen que la patria, cualquier patria, bien puede caber en una maleta.

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