VIDEO | Abinader promete, pero no concreta: la inauguración de la planta energética de Manzanillo llegaría en 2027
La reciente inauguración de la planta energética de Manzanillo por parte del presidente Luis Abinader volvió a encender el debate sobre la coherencia del discurso gubernamental y la distancia entre los anuncios oficiales y los resultados concretos. Lo que se presentó como un paso decisivo hacia la seguridad energética del país llega, en realidad, con letra chica: su entrada en operación será gradual y no se completaría hasta 2027.
El proyecto, que forma parte de la estrategia del Gobierno para ampliar la capacidad de generación eléctrica y reducir la dependencia de combustibles más costosos, fue exhibido como un logro inmediato. Sin embargo, el reconocimiento de que su funcionamiento será “por fases” diluye el impacto político del anuncio y deja al descubierto una práctica cada vez más cuestionada: la inauguración de obras que aún no están plenamente operativas.
Las críticas no tardaron en aparecer. La analista Yessy Pérez advirtió que existe una falla evidente en la comunicación oficial, marcada por la ausencia de una narrativa clara que permita a la ciudadanía comprender los tiempos reales de ejecución. Según su mirada, el problema no es solo técnico, sino político: se genera una expectativa de solución inmediata en un contexto donde los resultados están lejos de materializarse.
Este episodio se inscribe en un patrón más amplio de la gestión de Abinader, que ha buscado posicionarse como promotora de la modernización energética y la inversión en infraestructura. No obstante, distintos sectores señalan que muchas de estas iniciativas se comunican con un tono triunfalista que no siempre se corresponde con el estado real de avance de las obras.
En el caso de Manzanillo, la situación resulta particularmente sensible. La República Dominicana arrastra históricas dificultades en materia energética, con problemas de costos, estabilidad del suministro y dependencia de importaciones. En ese marco, cada anuncio adquiere un peso político significativo. Pero cuando la distancia entre la inauguración simbólica y la puesta en marcha efectiva se vuelve demasiado evidente, el efecto puede ser contraproducente.
La falta de precisión en los mensajes oficiales no solo erosiona la credibilidad del Gobierno, sino que también complica la planificación de sectores productivos que dependen de certezas energéticas. La promesa de una solución a largo plazo presentada como logro inmediato termina generando más dudas que certezas.
Así, la inauguración de Manzanillo deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿se trata de un avance concreto o de un gesto político anticipado? En tiempos donde la confianza pública es un recurso escaso, la respuesta no es menor.








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